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EL MÁGICO MOTOR ELÉCTRICO DE LA FÁBRICA DE MI ABUELO

1/07/2008


Durante algún tiempo, estuve dedicado junto con un par de inseparables amigos, a la obtención, transformación y venta de cobre y plomo.
Contado de esta forma, parece como si hubiéramos creado una factoría metalúrgica, sin embargo aunque mi edad no era la adecuada, pues solo tenía entre nueve y once años, lo antes expresado no es del todo incorrecto, porque el carácter de una empresa no viene dado por su volumen de negocio.
Fue un periodo compartido con otras actividades no menos juguetonas y fantásticas, dedicado a la búsqueda y transformación de manufacturados metálicos.
Solo tocábamos los dos metales antes citados, pero no se trataba de un planteamiento empresarial, sino una estricta cuestión de oferta y demanda.
El chatarrero solo nos compraba la chatarra relacionada con estos dos metales, así que una gran parte de nuestro tiempo libre, lo pasábamos pensando en cómo conseguir tramos de cables eléctricos o trozos de tuberías de plomo, para su ulterior procesado y comercialización.
El proceso de obtención de las materias primas, pasaré a detallarlo más adelante por ser la parte básica de este relato, en cuanto al resto de procesos los expongo a continuación.
Estos últimos los relataré de forma resumida, aunque en su concepción y puesta a punto no faltaron incidentes dignos de mención.
El proceso de transformación del cobre, consistía básicamente en arrojar trozos de cable, es decir, materia prima bruta básica, sobre un fuego improvisado con unas brozas secas, algunas ramitas de arbustos partidas y unos trozos de madera, que siempre había diseminados por los alrededores.
Estos eran buscados erráticamente con juguetona actitud, despreocupada parsimonia y flemática lentitud.
Explorábamos los alrededores, sin preocuparnos lo más mínimo de si existía la posibilidad de encontrarlos, pues para nosotros esta búsqueda era un juego más.
El encuentro de algún cachivache, insecto, agujero o terrón, era suficiente para perder el hilo de nuestro objetivo.
Entonces nos sumíamos en el fantástico mundo de nuestra especulativa imaginación, intentando encontrar una aplicación recreativa al recién descubierto artificio.
También solíamos liarnos a terronazo limpio unos contra otros, y aunque estos proyectiles eran pequeños fragmentos de tierra compacta, fruto de la labranza de los campos, cuando alguno de nosotros era alcanzado nos rascábamos como si nos hubiera picado un enfadado grupo de avispas, lo que suponía el consiguiente escarnio, burla, mofa, befa y cachondeo de los demás, pero esto también era el acicate de nuestro juego, pues era muy divertido cuando el acertado era uno de los otros.
El caso es que de una forma u otra terminábamos encontrando y apilando el fragmentado y heterogéneo combustible, al que prendíamos fuego con una cerilla.
Sumido en el improvisado fuego, el aislamiento que recubría al conductor se quemaba en aquella deficiente y anárquica pira quedando abrasado.
Cuando considerábamos que el primer proceso de elaboración se había consumado, extraíamos la chamuscada materia, y le dábamos unos golpes que hacían caer al suelo los pequeños fragmentos del carbonizado aislamiento, completando de esta forma el perfeccionado proceso artesanal con el que recuperábamos el preciado metal.
Sin embargo, el laborioso proceso de transformación del plomo, que básicamente lo obteníamos de las tuberías del agua potable, era sin aporte calorífico.
Este consistía básicamente en partir los tramos de tubería ‘recuperada’, en trozos de un palmo más o menos, que seguidamente chafábamos con una piedra o un objeto similar, para la disminución de su volumen.
En aquellos momentos, me parecían exigencias absurdas de nuestros clientes, aunque ahora pienso que de este modo, evitaban la posibilidad de que en su interior se introdujeran materiales camuflados, que incrementaran fraudulentamente el peso del suministro.
Estos metales así transformados, los llevábamos habitualmente a una chatarrería que había en la calle Charco.
Para mí por aquellos entonces (1959), esta calle tenía un nombre que me resultaba curioso, puede que por mi escaso interés hacia lo que para mi mente resultara no recreativo.
Toda ella era de tierra, poblada de irregularidades y socavones que cuando llovía se inundaban formando charcos más o menos extensos, pero como en aquellos tiempos no era la única en ese estado, yo en mi inocente creencia asociaba aquel nombre al apellido de algún eminente ministro o general, que era lo más corriente para llamar a casi todas las calles de todas las ciudades.
Con el tiempo este y otros nombres de similar origen han perdurado, mientras otros de más insigne significado han sido renovados por otros no menos gloriosos.
Aunque esta chatarrería era nuestro principal comprador, para no mosquear al chatarrero con nuestro, a veces, excesivo volumen de mercado, de forma puntual cambiábamos de cliente y nos dirigíamos a otros posibles interesados, que en todo caso estaban dedicados a igual actividad.
El chatarrero los pesaba y nos pagaba con unas monedas que rápidamente gastábamos en helados, golosinas y similares.
Como empresa cooperativista primeriza, lo importante de su actividad mercantil no era la obtención de beneficios ni la formación de patrimonios, lo realmente fundamental era la recreativa y atrayente práctica que como operarios de la asociación no estábamos dispuestos a delegar en otras manos.
Desde mi punto de vista actual, mi opinión es que éramos ‘ideólogos’, por lo que nuestras variadas empresas nunca quebraron y sus empleados no sufrían de estrés ni caían en depresiones.
Hasta enfermos o lisiados, en travieso o retozón accidente, acudíamos ansiosos a nuestras actividades.
En nuestros menudos cuerpos quedaban disimuladas, ante nuestros mayores, las secuelas de cualquier reciente peripecia, porque estaban materialmente repletos de irisados cardenales, arañazos, mataduras y alguna que otra venda o trozo de socorrido esparadrapo.
Esta especie de fiebre metalífera y chatarrera, se apoderó de nosotros con tal fuerza, que manteníamos una especie de rival desafío, para ver quién era capaz de descubrir más y mejores puntos de abastecimiento.
Nuestra imaginación, sin límite alguno, estaba en continua e imaginativa cavilación.
Soñábamos con desenterrar la red de abastecimiento de agua de todo el pueblo, una mina inagotable de materia prima, ‘plomo a discreción’.
También, alguna que otra vez, nos dirigíamos a la subestación transformadora de electricidad que abastecía de energía eléctrica a todo el pueblo, y nos quedábamos mirando embelesados los verdes y titánicos transformadores, para nosotros solo eran enormes contenedores metálicos que en su interior guardaban el preciado metal cuprífero.
Nunca desdeñamos estos proyectos, pero nuestros suministros eran mucho más modestos, y no era fácil hacerse con unos gramos de estos preciados metales que eran básicos para nuestra actividad.
Entre los proyectos de más éxito que recuerdo, hay que destacar dos.
El primero, cronológicamente hablando, fue la ‘recuperación’ casi completa de la instalación eléctrica de los partidores o sangradores del agua del cauce del río Guadalentín a su paso por mi ciudad.
El segundo, en el que nos superamos ampliamente por las técnicas empleadas y los resultados obtenidos, forma parte de mis más memorables recuerdos.
La fábrica de turrón y caramelos de mi abuelo, a la que he hecho referencia en algunas ocasiones, formaba parte de mi itinerante acaecer diario, y gran parte de mi tiempo libre lo pasaba correteando por aquellos lugares, que para mi tenían una atracción casi mágica.
Conocía todos los rincones de aquellas enmarañadas construcciones, y todos los espacios accesibles a mi reducido tamaño eran de forma inexorable recorridos, examinados y en cierta forma ocupados por mí.
Me introducía en cualquier recoveco con gran curiosidad, y lo incorporaba a mi imaginaria fortificación.
Algunos de aquellos espacios, no sé con qué fin, eran considerados por mí como un posible escondite y realmente era muy difícil encontrarme, sobre todo cuando no quería ser encontrado.
La verdad es que raramente me escondía y cuando lo hacía era en lugares de muy fácil localización, mas lo realmente cierto es, que a veces por fácil que se lo pusiera a mis mayores, no me encontraban casi nunca.
No sé si era porque no me buscaban con insistencia, o porque realmente no tenían mucho interés en encontrarme, al final reaparecía yo solo, la mayor parte de las veces por aburrimiento, para enfrentarme a la no infrecuente y a veces sorpresiva cruda realidad.
No era raro que en ocasiones, tras haber estado escondido varias horas, saliera de mi escondite y descubriera que no solo no me habían buscado, sino que ni siquiera habían reparado en mi ausencia.
Desde mi punto de vista actual como adulto, mi versión es que todo el proceso completo, que consistía en idear la travesura, esconderme con la intención de ser buscado y la avidez de experimentar un cúmulo de deseadas sensaciones al pensar que podía ser encontrado, era para mí un juego que me provocaba pequeñas descargas de adrenalina, que mi mente procesaba como una actividad recreativa, que me hacia vivir intensamente cada momento de mi niñez.
Puede que mis padres, los más interesados en mi control, y sobre todo mi madre, que era más lista que yo, que ya es decir, especulara: ¿para que buscarlo si va a aparecer de un momento a otro sin necesidad de hacerlo?
No se equivocaba, porque yo al final, más bien pronto que tarde, siempre aparecía con premeditada cara de no haber roto un plato, adoptando un comportamiento artificialmente normal, de despiste y disimulo, como si no acabara de llegar, y llevara allí desde antes de los acontecimientos punitivos, tratando de convertir a los que me esperaban, en los testigos de mi coartada, ¡yo no podía haber sido el autor de los hechos porque había estado con ellos en todo momento!
Yo asumía esta actitud porque había comprobado que algunas veces no era reprendido y/o castigado, y pensaba que era debido a lo anteriormente expuesto.
Desde mi punto de vista actual sobre aquellos recuerdos, mi conclusión es, que cuando no fui reprendido o castigado, fue porque mis mayores no habían tenido conocimiento de los hechos, si no hubiera sido por este motivo no me hubiera escapado de un zapatillazo en el culo como mínimo, porque hasta cuando era inocente me llevaba algún que otro soplamocos, por si acaso había sido yo.
De todas formas, cuando adoptaba esta artificiosa actitud disimulante y no me ocurría nada, recuerdo que mi madre, como reflexionando en voz alta, decía para ser oída por los dos, ¿qué habrás hecho ahora?
En muchas de estas ocasiones, me tomaba sobre ella y con toda naturalidad me dispensaba todo su cariño, aun no alcanzo a comprender el porqué de esta maternal atención en esos particulares momentos.
En cualquier caso, castigado o acariciado, yo me sentía vivir, es posible que todo lo que buscaba con esta especie de juego, fuera fruto de la necesidad de sentirme el centro de atención de las personas que me rodeaban.
También sabía perfectamente, en que sitios esconderme cuando deseaba ser encontrado con prontitud, porque a veces, el pensar en el castigo que iba a recibir por alguna travesura, era peor que recibir este en sí mismo, y prefería ser penitenciado rápidamente para poder seguir disfrutando de mis juegos con la mente despejada.
Otro factor coadyuvante para mi pronta aparición, era el mortal aburrimiento mientras duraba mi voluntaria reclusión, pues yo lo que deseaba era ser encontrado.
La excitación que sentía en aquellos momentos, cuando me arrinconaba en mi escondite y alguien decía ¡mira ahí que ese es uno de sus escondites favoritos!, solo es comparable a la que sentí la primera vez que volé con un ala delta.
A veces, cuando la falta era de menor importancia, o de involuntariamente mayor trascendencia por mí incapacidad para evaluar los daños colaterales, pensaba ¿para qué castigarme escondiéndome yo, si de todas formas lo van a hacer ellos encerrándome en mi cuarto y con el culo caliente, por algún zapatillazo que se le escapara a mi madre?
Lo peor de estos, era cuando trataba de esquivarlos y no me alcanzaban de lleno y tan solo me rozaban el culo, me pasaba varias horas rascándome como si me hubieran picado cien abejas.
Aunque era pequeño, alcanzaba a pensar que la mayor parte de las veces que me escondía, sencillamente estaba duplicando mi seguro castigo.
La verdad es que era un chico bastante avispado, pero inexperto en medir las consecuencias de mis actos, aunque la única finalidad de estos estaba encaminada a entretenerme, solo o con mis amigos, abierta o furtivamente, a veces de forma increíble y sorprendente desembocaban en situaciones de inesperada magnitud.
Cuando esto ocurría, lo primero que hacía era salir corriendo en rauda huida sin importar hacia donde, y diciendo para mis adentros: ¡esta sí que es gorda!, ¡la que me espera no es chica!, y otras frases similares.
Sin embargo recuerdo que en aquellos tiempos, de forma inexplicable para mí, cuanto más sonado resultaba el disparate menos sospechoso era de su comisión.
Una de las construcciones de la fábrica, albergaba una gran edificación de forma rectangular, en la que estaba instalada una parte importante de la maquinaria necesaria para la fabricación del turrón.
Adosados a una de las dos paredes más largas y sobresaliendo de ellas, había una especie de dados de obra, de fábrica de ladrillo refractario, que estaban recubiertos de azulejos.
Tenían una altura de poco más de un metro y un ancho y un fondo de un metro y medio, estando separados unos de otros por casi idéntica distancia.
En su parte interior estaban encastradas unas enormes perolas, la mayoría de acero inoxidable y algunas de cobre, todas ellas de doble pared y cuyo brillante borde asomaba unos veinte centímetros por encima de la obra.
Estas eran calentadas, con diversos tipos de lumbre por debajo de sus vientres, desde una nave lateral, en cuya común pared se habían practicado unos huecos adecuados para este fin.
En estas perolas, se vertían los productos con los que se fabricaba el turrón, básicamente, miel, azúcar y almendra, por lo que a su alrededor se aglomeraban toda una serie de materias primas que conformaban un paraíso para mí, nadie me ponía ningún reparo si metía la mano y tomaba algo.
Solo mi padre me lo impedía esporádicamente, cuando mi madre le había dicho: que no tome nada que tiene la barriga mala.
Había almendras tostadas, cacahuetes, miel, azúcar y turrones en diversas etapas de su fabricación.
Además de los obradores, así llamaban a la zona de las perolas, había un montón de máquinas para tratar el turrón, tales como molinos, refinadoras y otras rarezas.
El azúcar fundido con la miel y la almendra que contenían las perolas eran agitados por unos batidores, cuyos ejes eran movidos por poleas y correas, formando un artilugio mecánico digno de mención.
Como este relato no va de mis apetitos alimenticios, sino de los metalíferos, diré que esta explicación es para poner de manifiesto que todo aquel enorme tinglado estaba movido por un gran motor eléctrico, que mediante ingeniosos e interconectados ejes y mecanismos, llevaba su fuerza motriz a todos los aparatos que la necesitaban.
Todas las correas de transmisión eran atacadas por una sucesión de poleas de madera, sujetas a un conjunto de largos ejes horizontales, acoplados unos a otros mediante grandes coronas dentadas cónicas.
Estos ocupaban la parte superior de las paredes y se extendían a todo su largo, sujetos por enormes cojinetes.
En uno de los extremos había una polea de madera más grande que las demás y de esta polea bajaba una correa que era arrastrada por el gran motor eléctrico.
Mi padre decía que este motor movía toda la fábrica del turrón, que era el corazón de ella y que si este se paraba, la fábrica se moriría.
Estaba instalado en un espacio cerrado, de unos cuatro por cinco metros, ubicado en una esquina de la gran nave.
El recinto estaba formado por una alta y sólida alambrada que le rodeaba, había una puerta de acceso con una cerradura, la llave se guardaba en la mesa del despacho de mi abuelo y solo podía ser usada por mi tío Juan Antonio.
Este era el mayor de los hijos de mis abuelos paternos y también era mi padrino, cuando me encontraba en alguna situación de apuro me cogía y me amparaba, diciéndole a los demás que solo era un crio inocente que estaba jugando, y recuerdo una frase que repetía en estas situaciones: ¿es qué queréis que esté siempre quieto y se vuelva tonto?
Por la mañana cuando se abría la fábrica, llegaban mi abuelo, que tenía las llaves de esta, y mi tío Juan Antonio para iniciar la jornada laboral.
Entonces se abría un pasillo humano formado por los operarios y operarias que se apiñaban en torno a la puerta principal, por él pasaban hasta llegar a esta, mi abuelo introducía la llave en la cerradura, observado por decenas de pares de ojos como si de San Pedro se tratara, entonces la giraba varias vueltas hasta abrirla.
Esta maniobra permitía el acceso al recinto fabril, era una especie de mañanero ritual esperado por todos los presentes, que permitía a todo el personal dirigirse a sus puestos de trabajo.
Las mujeres, que eran la gran mayoría, ocupaban sus asientos en torno a largas mesas de mármol, para dedicarse a liar con finos y coloridos papeles de celofán los diversos fabricados.
Mi tío Juan Antonio tomaba del cajón de la mesa de mi abuelo, las llaves del recinto del motor de la fábrica y seguido del resto de los operarios, recorría el trayecto hasta la puerta del mismo.
Entonces comenzaba el segundo ritual mañanero, pero este era más sofisticado porque constaba de diversos procesos, entre ellos el de acceder al recinto motriz, que estaba considerado como el sitio más peligroso y hasta por algunos operarios, enigmático o esotérico de la fabrica.
Hasta este llegaban unos gruesos cables eléctricos, a través de unos adecuados orificios practicados en la pared, que suministraban la energía eléctrica al motor.
Había un rectangular y pesado panel de pizarra, distanciado de la pared unos centímetros por unos espárragos separadores de acero, y sobre él, formando un técnico conjunto, una serie de aparatos eléctricos tales como voltímetros, amperímetros, fusibles, y todo tipo de artefactos eléctricos de control, que indicaban si el funcionamiento del motor era correcto.
También había un gran interruptor de cuchillas de dos posiciones, que permitía el suministro e interrupción de energía eléctrica al enorme motor.
Una vez en su interior, mi tío cogía con su mano el mango de madera del interruptor y tras unos enigmáticos segundos de suspense, accionaba este hasta la primera posición a la vez que exclamaba: ¡estrella!
Como si de un monstruo se tratara, todo aquel intrincado complejo de mecanismos, despertaba de su nocturno descanso, y en esforzado y potente impulso, daba comienzo al particular conjunto de rítmicos movimientos, acompañados de los familiares ruidos de las poleas, correas y ejes.
Cuando estos alcanzaban un punto solo conocido por mi tío, empujaba la maneta de las cuchillas del interruptor hasta el fondo, a la vez que emitía una segunda exclamación: ¡triángulo!
Entonces, el admirable y preciado motor alcanzaba en breves segundos su régimen nominal de funcionamiento, culminando el éxito del parafernálico ritual.
Los operarios se dirigían a sus puestos de trabajo y mi tío cerraba la puerta de la prodigiosa sala que permitía trabajar todos los días, y se dirigía a poner las llaves de nuevo en su sitio habitual.
Estas eran las palabras mágicas que pronunciaba mi tío Juan Antonio todas las mañanas para poner la fábrica en movimiento, y encerraban en sí mismas una especie de mística oración que trascendía la idea o el criterio de todos los presentes.
Se trataba de algo más, que las propias acciones del operador que accionaba el interruptor, como si estás no fueran suficientes.
Era como si la fábrica no pudiera ponerse en funcionamiento, si alguien distinto de mi tío las articulara, o se omitiera su pronunciamiento.
Yo había presenciado esta especie de ritual en algunas ocasiones, y el recuerdo que tengo de él, es el que he intentado dibujar en mis últimos párrafos.
En todo momento, aquella efímera y diaria operación, me pareció envuelta en un halo de misterio, y el resultado de esta era siempre el mismo, la fábrica se ponía en marcha, y todo el mundo se dirigía a realizar su acostumbrado trabajo.
Quien podría decir que aquel poderoso motor que yo tantas veces había visto, formaría parte de mi objetivo como punto de suministro, en mi periodo de fiebre metalífera.
Está borrosa en mi mente el origen de la idea, pero creo que todo empezó el día en que se doblo ligeramente uno de los barrotes de hierro, de una de las rejas de los enormes ventanales de la fábrica del turrón.
Un camión que hacia maniobra en el patio central que distribuía el acceso a las entradas de las diversas instalaciones, golpeo ligeramente un barrote de estas pesadas rejas de hierro que protegían el interior de las construcciones.
Ya había intentado sin éxito anteriormente y en repetidas ocasiones, colarme por entre los barrotes de las rejas, pero mi cabeza no pasaba por muy poco.
Hasta lo había intentado tirando de mis orejas hacia atrás, para enflaquecer la piel de mi normalmente rapada cocorota.
Sabía que el interior del motor era un suculento suministro de cobre, pues por los huecos de ventilación de la carcasa de este, se dejaban entrever las rojas bobinas de cobre esmaltado.
¡No cabía duda, aquel motor era un objetivo!
Puse estos datos en conocimiento de mis dos socios metalúrgicos y comenzamos a idear un plan para la ‘adquisición’ de la materia prima.
La fabrica cerraba los sábados a medio día y no abría hasta el lunes por la mañana, luego este era el tiempo de que disponíamos para nuestra adquisición.
El primer paso consistía en podernos colar en su interior, y no solo a través de la reja del barrote torcido, sino que tras estos había un portón de dos hojas de gruesa y pesada madera, que se cerraban con sendos pasadores por el interior.
La solución a primera vista era evidente, cuando se cerrara la fábrica el sábado al medio día, yo me quedaría escondido en su interior y facilitaría la entrada a mis amigos de aventuras.
Así elaboramos el plan de acceso, y nos preparamos para hacer el trabajo un fin de semana.
Antes de la hora del cierre me escondí en uno de los muchos huecos que conocía y me dispuse a esperar.
Como me lo tomé con tiempo sobrado, me acomodé en relajada actitud, de tal forma que todo marchaba perfectamente, pero cuando los empleados fueron cerrándolo todo y aquello empezó a ponerse oscuro, me comenzó a temblar el cuerpo y no de frió sino de miedo.
Traté de reprimirme pero mi mente no lo soportó, salí corriendo y gritando que me había quedado dormido, y si me no me hubiera despertado me habrían dejado allí encerrado.
Pues no era yo rápido de mente para las excusas.
Mi abuelo reprendió a los allí presentes que asintieron sin más, aceptando sus palabras como si de verdades incuestionables se trataran, la autoridad y personalidad de mi abuelo jamás fue, ni por asomo, puesta en entredicho o en tela de juicio por nadie, si alguien no estaba de acuerdo se callaba y punto.
Aquello era un patriarcado, es decir una dictadura paternalmente amorosa, en la que pensábamos, si es que alguien lo hacía, que estábamos bajo la más completa protección de mi abuelo y que esta era, y de hecho lo fue hasta su muerte, indestructible.
Me tomó paternalmente en sus brazos y me preguntó cómo estaba y si me había asustado mucho, yo que era maestro en créeme mis mentiras hice un papelón de primera, le dije que estaba muy asustado, pero no detallé el porqué.
Bien es cierto, que el temblor de mi cuerpo no era fingido y que por lo menos me duró media hora.
Volviendo a las cuestiones metalúrgicas era evidente el fracaso del operativo, era urgente la elaboración de un plan alternativo y a ello nos debíamos dedicar con ahínco.
Alguien apuntó con rotundo acierto la solución después de varios días y horas de cavilación.
La mayor parte de nuestras irreflexivas reflexiones, consistían en decir lo más ininterrumpidamente posible cualquier tipo de divagación o digresión, la mayor parte de ellas eran rechazadas mudamente con una mirada de desaprobación que hacia bajar la cabeza al pronunciante de la misma, algunas se debatían y se desestimaban, pero al final siempre encontrábamos una solución.
¿Y si en un descuido, abres un pasador, y te sales como si tal?, es decir, disimuladamente.
No parecía mala idea, dialogamos sobre el momento más oportuno, y la forma menos llamativa posible de hacerlo.
El plan fue perfilado con detalles, se dio por bueno y nos dispusimos a su ejecución.
Esta vez fue todo un éxito, básicamente porque nadie me sorprendió abriendo el pasador, aunque yo había pensado una excusa si me atrapaban en tal operación, diría que no lo estaba abriendo sino asegurándome de que estaba bien cerrado.
El caso es que no hubo necesidad de este pequeño marro dialéctico y todo fue sobre ruedas.
Ese sábado por la tarde, con más miedo que otra cosa, procedimos a colarnos en el interior de la fábrica.
No habíamos previsto que debido a la altura a la que se encontraba doblado el barrote, el hecho de colarnos iba a suponer un ejercicio de contorsión circense de elevadísima habilidad, así que se nos amontonó la acción con la planificación.
Ya era de por sí difícil encarar el hueco, aunque el primero contaba con la ayuda de los demás, pero el problema era cuando una vez pasada la mitad del cuerpo, te encontrabas colgando por el interior y abocado al vacío.
Aquello era cuestión de resolución y estábamos muy motivados, así que un porrazo más o menos no importaba, uno se dio en la pierna, otro en la mano, pero ninguno nos quejamos, te dolía un rato y para adelante.
Una vez dentro cerramos rápidamente la hoja del portalón y nos quedamos casi a oscuras, aquel detalle era uno de los muchos que no estaban previstos, así que nos sentamos en el suelo y comenzamos a deliberar.
Uno propuso abrir un poco una de las contraventanas de los pesados portalones, y entreabrimos la de aquel por el que habíamos entrado.
Por el exiguo hueco penetró una mortecina luz claramente insuficiente para la realización de nuestro plan.
Necesitábamos linternas porque era extremadamente peligroso el entreabrir todas las contraventanas y muchísimo más encender la iluminación del interior de la fábrica.
Si nos descubrían seriamos severamente castigados, y sobre todo nuestro plan se arruinaría, porque mi abuelo mandaría enderezar rápidamente el barrote.
Todo esto sin contar con el fuerte quebranto de mí mermada credibilidad y autoestima, por un periodo indefinido de tiempo.
Pululamos por la sala de las herramientas y curioseamos en ella abriendo una ventana más discreta, pues daba a un patio interior, así mismo, aprovechamos para hacer algunas prácticas, como localizar las llaves de la sala del motor y probar a abrirla, y sobre todo perder el miedo a entrar y salir de ella.
Por primera vez toqué con mis manos aquel maravilloso artefacto que tanto me fascinaba, pero después de superar mis emociones vino la cruda realidad, había que desmontar aquel chisme y extraer su preciado corazón.
Se hacía urgente la realización de un curso acelerado de desmontaje y montaje de motores eléctricos.
Llegados a este punto y una vez satisfecha nuestra primaria curiosidad, dejamos todo como lo habíamos encontrado, y salimos de la fábrica por el mismo procedimiento que habíamos usado para entrar.
Inmediatamente hubo junta general y comenzamos a conjeturar en secreta reunión, sobre las modificaciones e innovaciones que eran necesarias introducir en nuestro plan.
Había que tener unas mínimas nociones técnicas que nos permitieran la consecución de nuestro objetivo.
En el barrio en que vivíamos había más de un taller de reparación de motores eléctricos, así es que de una u otra forma con tiempo y maña intentamos poder observar la forma en que los mecánicos los desmontaban, los reparaban y volvían a montarlos.
No fue difícil, pues en aquellos tiempos se trabajaba en sitios muy accesibles al público, con las puertas abiertas.
Desde la calle podías ver como los mecánicos efectuaban su trabajo, es mas yo diría que lo hacían de esta forma intencionadamente, como si este modo de actuar formara parte de la publicidad de aquellos pequeños talleres.
Nosotros jugábamos a la pelota en la calle, pero nuestra disimulada atención estaba centrada en los trabajos de los operarios, a veces como el que no quiere la cosa, mandábamos la pelota al interior del taller, procediendo sin demora a su recuperación entre las calmadas y comprensivas quejas de los mecánicos.
En pocos días nos empapamos de mecánica electromotriz aplicada, y nos dimos cuenta de lo relativamente fácil que era desmontar y montar un motor eléctrico.
Solo era cuestión de soltar los tornillos que aseguraban sus tapas anterior y posterior y todo quedaba libre, tan solo había que poner un poco de cuidado con las escobillas y pocas cosas más.
Yo había hecho otras cosas más complicadas, como desmontar y montar el reloj despertador de mi padre, para intentar comprender porque había que darle cuerda todos los días en vez de cada año, bueno, no volvió a funcionar y tire las piezas que me sobraron, pero por fuera parecía no haber sido tocado.
No pasó nada, mi padre o mi madre se quejaban de él diciendo frecuentemente que no le gustaba, que hacía mucho ruido por la noche y que el timbre era tan estridente que despertaba a los críos antes de su hora, así que aprovecharon que no funcionaba para comprar otro.
También un día, después de haber oído a mi madre quejarse varias veces de que tenía que sustituir con mucha frecuencia las pilas de un radio transistor, le quité estas y le puse dos cables, los inserté en los agujeros del enchufe eléctrico de mi dormitorio, y a continuación me lleve un repertorio de zapatillazos posaderos de mucho cuidado.
En definitiva, estábamos listos para el asalto final, planeamos los últimos detalles y nos pusimos manos a la obra.
Puesto que ya he contado con suficientes detalles el acceso a la fábrica y otros pormenores, solo añadiré que abrimos el motor y extrajimos el rotor, que es la parte central que gira sobre sí misma y que más se ve a través de las rejillas de ventilación.
Este no lo tocamos y nos limitamos a extraer las bobinas de las masas polares del estator, que va fijado a la carcasa del motor, estas salían casi solas, soltando un tornillo que las fijaba al núcleo de hierro, dando un pequeño tironcito.
Aclaro que esta jerga la aprendí con posterioridad, y que solo la utilizo para poner en claro pequeños detalles, que en aquellos momentos no tenían la menor importancia.
Nos hicimos con las bobinas de cobre y montamos de nuevo con mucho cuidado todos los elementos del motor, dejando este como si nadie hubiera puesto una mano sobre él.
Todo lo relatado hasta aquí no pasaría de ser una pequeña travesura de chicos, si no fuera por los acontecimientos posteriores que guardan una intima relación con estos hechos.
La fábrica se abría, todos los días laborables, a las ocho de la mañana, a esa hora mi padre que trabajaba en ella, estaba puntualmente en la puerta de entrada junto con los demás operarios.
También a esa hora nos despertaba mi madre a mi hermana y a mí para que nos aseáramos, nos vistiéramos y desayunáramos para ir al colegio en el autobús que pasaba a la nueve menos cuarto.
Aquel lunes, el siguiente al del fin de semana en que efectuamos aquel ligero ‘aprovisionamiento’, reapareció mi padre en mi casa pocos minuto después de las ocho.
Este desacostumbrado hecho, inspiró una ligera extrañeza en mi madre que con cierta curiosidad por lo inusitado de la situación, pregunto a mi padre por los motivos de su regreso.
Su contestación fue muy concisa, le dijo: mi hermano Juan Antonio ha dicho ‘estrella’ y la fabrica ni se ha movido.
Mi madre le pidió que le aclarara con más detalle los hechos y mi padre comenzó a exponer los detalles.
Ya he narrado pormenorizadamente la puesta en marcha de la fábrica, así que obviaré los detalles dados por mi padre a mi madre.
Pero puso especial énfasis en la desilusión sufrida por tal incidente, especialmente en algunos operarios que no sabían hasta cuando volverían a trabajar.
También le dijo que todo parecía normal y que habían llamado urgentemente a un electricista, para que revisara la instalación.
Yo no podía hacer absolutamente nada debido al temblor que tenía en todo mi cuerpo, la pastilla de jabón se me escapó repetidamente de las manos y no acertaba a atarme las cordoneras de los zapatos, el miedo me atenazaba, y realmente hasta ese momento, ni se me había pasado por la cabeza que esto podía ocurrir.
Mi madre me preguntó que si estaba malo, y me tocó la frente pensando que podía tener fiebre, pero yo le dije que solo tenía un poco de frió.
No terminaba de comprender como mi padre no había venido directamente hacia mí, y bueno, todo lo que normalmente le sigue.
¡No sospechan de mí!, me dije.
Pero al mediodía cuando vengamos a la hora de comer, sino antes, ya se habrá aclarado todo, habrán descubierto lo sucedido, y discurriendo llegarán a saber quien o quienes han sustraído las bobinas del motor, y entonces me voy a enterar de lo que vale un peine.
Tenía tanto miedo que pensé en entregarme sin haber sido descubierto, les devolvería los cables y todos en paz, pero no pude, dentro de mi infantil cabeza había un complejo e irracional debate que mi mente no estaba preparada para evaluar.
Me dejé llevar por el pausado ritmo diario de los acontecimientos, y acompañado de mi hermana partimos para el colegio.
Toda la mañana permanecí en permanente desasosiego, esperaba ser llamado en cualquier momento para rendir cuentas, o al menos ser sometido a un profundo interrogatorio, aunque este habría sido breve pues con gran rapidez habría cantado de plano.
Nada de esto ocurrió, al medio día llegamos a mi casa y todo estaba tranquilo, a las dos llegó mi padre y retomo la conversación con mi madre acerca del incidente.
Habían llamado al electricista y después de revisar, la acometida de corriente, el cuadro eléctrico y los demás elementos, concluyeron que el motor se habría averiado, por lo que allí mismo procedieron a desmontarlo, cosa que el electricista hizo con gran rapidez.
La sorpresa fue mayúscula ¡el motor no tenía bobinas de inducción!, en resumidas cuentas, le faltaban unos cuantos cables que eran absolutamente necesarios para su funcionamiento.
La primera pregunta que se hicieron todos fue: ¿cómo ha funcionado el motor hasta ahora?
Todo el mundo estaba sorprendido, y los desconocedores del funcionamiento de un motor eléctrico, comenzaron a santiguarse y a decir incoherencias, que al parecer mi abuelo corto de raíz.
Mi padre siguió contando que mi abuelo había ordenado salir a todo el personal, y que se había quedado solo con el electricista y sus tres hijos.
Habían estado escuchado atentamente las explicaciones del técnico, unas razonables o comprensibles y otras menos, y al final mi abuelo le pidió al electricista que reparara el motor a la mayor brevedad y que de allí no saliera ni una palabra que no fuera para asegurar que el motor se había averiado.
Durante muchas semanas, la gente comentaba que algo raro había pasado en la fábrica de turrón, y con el tiempo las distintas versiones mágicas se fueron deformando y adquiriendo menos consistencia, hasta que se impuso la idea de que todo había sido una avería.
Cuanto más gorda era la travesura, menos posibilidades había de que sospecharan de un crío como yo, la vida siguió discurriendo con normalidad y este incidente se sumió en el olvido.
Cuando mi padre tenía setenta y cinco años y yo cincuenta, un cierto día en que me encontraba con él después de comer, y medio dormitábamos sentados en sendos sillones al calor de una mesa de camilla, recordé esta pequeña anécdota.
Entonces le pregunte: ¿papá, te acuerdas del día en que el motor de la fábrica del turrón no arrancó, porque le faltaban las bobinas del estator?
Él hizo un ambiguo esfuerzo de memoria y me contestó: sí, si me acuerdo, y muy relajadamente me preguntó: ¿pero como sabes tú eso, y como sabes que le faltaban las bobinas del estator?
Me miro de reojo, inquisitivamente, apenas varió su estado de ligera dormitación, y después de una brevísima pausa le dije: se las quité yo.
Sonrió ligeramente y cerrando los ojos siguió en su tarea de tranquila dormitación.
No volvimos a hablar de aquello nunca más, nunca he sabido si me creyó o no.
A veces he llegado a pensar que él siempre lo supo.